La lista de científicos que publicaron obras y ensayos en latín hasta mediados del siglo XVIII es innumerable. El latín era la lengua en la que se debía expresar la ciencia puesto que, no solo por razones de prestigio, sino también por tradición, se entendía que el latín era una herramienta con la que los eruditos podían comunicarse entre ellos, independientemente de cuál fuera su lengua materna. El latín era, por tanto, una lingua franca para científicos. Ahora bien, durante los siglos XVI y XVII comienzan a ganar importancia en la literatura las lenguas modernas, y a partir de entonces, no sería extraño que los tratados y ensayos, por ejemplo, se escribieran en latín y alemán o latín y francés. Pero ¿por qué el latín fue perdiendo importancia como lengua de la ciencia? ¿Qué motivos impulsaron tal desplazamiento?

Antes de dar una respuesta a tales preguntas, es preciso señalar quiénes fueron los artífices de tal cambio. Hasta el siglo XVIII, autores como Copérnico, Kepler, Galileo Galilei o Isaac Newton, y posteriormente, otros como Carl Friedrich Gauss o Carolus Linnaeus escribieron sus tratados en lengua latina, a pesar de que en el último tercio del siglo XVII, con la fundación de la Académie des Sciences, el francés comenzara a ocupar el puesto de lengua científica que hasta entonces ostentaba el latín. A pesar de que el francés tomara la delantera, la lengua que más reivindicó su uso como lengua científica fue el alemán; Alberto Durero escribió un tratado geométrico en alemán en el siglo XVI llamado Underweysung der messung mit dem Zirckel und richtscheyt. A partir de entonces, proliferarán los escritos divulgativos y de carácter científico en lengua alemana, gracias en parte a Johannes Kepler y su Messekunt Archimedis. Sin embargo, la lengua alemana pronto tomaría un marcado cariz político, pues tal y como explica Wilfried Stroh (2012: 281), «se planteaba que las disciplinas, tanto en escuelas como en universidades, se impartieran de manera prioritaria ‘en la lengua materna y natal’».

Ese mismo sentimiento es el que impulsó tanto a Galileo Galilei como a René Descartes a escribir en su lengua materna, publicando así sus obras en italiano y francés, respectivamente. Hablamos, por tanto, de autores que a la vez fueron precursores de la divulgación del conocimiento científico en sus propias lenguas. Por ello, hay que destacar el papel del alemán y de dos autores en concreto: Christian Wolff e Immanuel Kant. Con la publicación en alemán de Crítica de la razón pura, el aprendizaje del alemán se convirtió en conditio sine qua non para cualquier filósofo de la época. No obstante, en esta época surgieron detractores de las lenguas modernas como vehículo del conocimiento científico. Una anécdota que cuenta el propio Wilfried Stroh en El latín ha muerto, ¡viva el latín! alude precisamente a una protesta de Johannes Kepler contra Galileo por publicar en italiano —su obra más conocida, Dialogo sopra i due massimi sistemi, la escribió en su lengua materna—, y para ello utilizó la expresión crimen laesae humanitatis, es decir, un delito contra la humanidad, pero también contra la cultura, pues la humanitas, concepto de donde proceden las humanidades, se entendía como la parte y el todo de la cultura de las civilizaciones.

Sin embargo, es curioso cómo, a pesar de que autores como Descartes o Hobbes escribieron en su lengua materna, conservamos las sentencias y frases centrales de su pensamiento en latín, como por ejemplo, cogito, ergo sum («pienso, luego existo») u homo homini lupus («el hombre es un lobo para el hombre»). En definitiva, lo verdaderamente importante es que, independientemente de la lengua en la que se escriban los tratados y ensayos de carácter científico, no se pierdan los matices y las concreciones que sí tenía el latín como lengua de la ciencia.

Obras consultadas:

Marías, J. (1980). Historia de la filosofía. Madrid: Revista de Occidente.

Stroh, W. (2012). El latín ha muerto, ¡viva el latín! Barcelona: Ediciones del subsuelo.