Desmontamos los mitos —nunca mejor dicho— acerca de su inutilidad.

«Quizá no haya nada más ridículo que ver a un padre gastar su dinero, y el tiempo de su hijo, para hacerle aprender la lengua de los romanos cuando le destina al comercio o a una profesión en la que no se hace ningún uso del latín…»

Esta afirmación, que corresponde nada más y nada menos que a John Locke, es la máxima expresión de un utilitarismo que, en nuestros días, induce a cada vez más estudiantes a decantarse por otras opciones relacionadas con el beneficio económico y no con el beneficio intelectual y cultural. Ahora bien, ¿por qué la mayoría de estudiantes eligen estudios vinculados a las Ciencias Sociales o a las Ciencias de la Salud?

La utilidad, concepto abstracto que varía en función de cada persona, en nuestro caso se puede demostrar acudiendo a aspectos cotidianos, nimiedades que pasamos por alto en nuestro día a día pero que configuran nuestro conocimiento de las cosas. ¿Es útil que los nombres de los reyes se escriban con numeración romana? ¿Es útil que el estudio del griego sea conditio sine qua non para un estudiante de Medicina? ¿Es útil que el lenguaje universal para nombrar a las especies sea el latín?

Como vemos, se trata de una cuestión de (re)conocimiento más que de utilidad. No obstante, es cierto que el empleo del latín contemporáneo hoy en día se reduce al ámbito eclesiástico —aunque en el Vaticano sea lengua oficial, y, por lo tanto, descartemos la desvergonzada afirmación de que es una lengua muerta—, pero no por ello debemos obviar la importancia que asume hoy en día el estudio de las lenguas clásicas, y es por ello que, para construir el futuro, debemos conocer previamente el pasado.

Aunque parezca sorprendente, el gobierno finés, durante su presidencia de la UE en el año 2006, decidió publicar los boletines de noticias semanales en latín, ante las presiones, por parte de Alemania, de que publicaran los boletines oficiales en otro idioma que no fuera el francés o el inglés. Como vemos, Finlandia, además de ser el país donde más se valora al profesorado, es un país que reconoce y apoya el uso del latín como lingua franca.

En la praxis

Quienes estudiamos o estamos vinculados en cierta medida al mundo clásico, reconocemos la importancia de las lenguas clásicas en nuestro día a día. El conocimiento de la sintaxis latina y griega nos ayuda a entender mejor la sintaxis en castellano y la propia sintaxis —del griego συντάσσειν ‘coordinar’— a su vez, nos ayuda a expresarnos correctamente de forma tanto oral como escrita; el conocimiento del latín y el griego nos ayuda a conocer mejor nuestro léxico, del que aproximadamente el 60% procede del latín, y un 10% del griego —al igual que el inglés, que cuenta con un 65% de vocabulario grecolatino—; además, sirve como instrumento para aprender otras lenguas romances, como el italiano, portugués, francés o rumano —entre otros—.

Veamos el ejemplo de la palabra estrella; esta, que procede del latín stella, guarda muchas similitudes con el resto de lenguas romances; así pues, podemos ver que en portugués se dice estrela, en rumano stea, en francés étoile, y en italiano stella. De manera aún más evidente ocurre con el sustantivo poeta. Aquí podemos ver cómo se dice en catorce lenguas actuales:

La palabra estrella en diferentes lenguas.

Ni qué decir, por supuesto, que el sustantivo procede del griego clásico ποιητής ‘creador’, ‘músico’, ‘escritor’—. Otra palabra latina que ha evolucionado —y ha sido adaptada en diferentes idiomas—, es la palabra cesar —título que ostentaban los emperadores romanos—, que ha dado lugar a los términos káiser –en alemán— y zar—en ruso—. ¿Es útil saber por qué se llama así a los emperadores?

Influencia en otras disciplinas

No obstante, para no reducir la «utilidad» al ámbito puramente lingüístico, veremos a continuación algunos términos utilizados hoy en día en medicina cuya procedencia, como es de esperar, es el griego. Aquí van algunos ejemplos:

Acromegalia: del griego ἄκρος, ‘extremo’, ‘punta’; y el griego -μεγάλη, ‘tamaño excesivo’. Anomalía que provoca el crecimiento excesivo de las extremidades.

Cefalorraquídeo: del griego κεφαλή, ‘cabeza’; y el griego ῥάχις, ‘espina dorsal’. Es decir, referente o relativo a la cabeza y a la espina dorsal.

Condrodermatitis: del griego χόνδρος, ‘cartílago’; el griego δέρμα, ‘piel’; y el sufijo -ιτις, ‘inflamación’. Inflamación simultánea de cartílago y piel, que afecta principalmente la oreja.

Hiperlipoproteinemia: del griego ὑπερ, ‘exceso’, ‘superioridad’; el griego λίπος, ‘grasa’; el griego πρῶτος, ‘primero’; y el griego αἷμα, ‘sangre’. O lo que es lo mismo, trastorno del metabolismo caracterizado por el exceso de lipoproteínas en la sangre.

Hidroencefalomeningocele: del griego ὑδρο-, ‘agua’; el griego ἐγκέφαλος, “interior de la cabeza”, “encéfalo”; el griego μῆνιγξ, ‘membrana’, ‘meninge’; y el griego κήλη, ‘hernia’, ‘tumor’. Anomalía congénita caracterizada por el desplazamiento de las meninges y de la parénquima cerebral a través de un defecto del cráneo, con contenido de líquido cefalorraquídeo (sic).

Relieve del templo de Asclepio en Epidauro. Asclepio era el Dios de la Medicina para los griegos.

Por si aún queda alguna duda de la utilidad de dichas lenguas en otras disciplinas a las que no se les discute la utilidad (e.g., la Medicina), en el siguiente enlace se ofrece una lista de 2973 términos cuya etimología es de origen griego. Si atendemos a las etimologías de origen latino, en la misma página de la Academia Nacional de Medicina de Colombia, se nos proporcionan otros 1480 términos de origen latino, entre los que podemos encontrar omnívoro —del latín omne, ‘todo’; y el latín uor-, ‘devorar’—; infarto —del latín in, ‘en’, ‘dentro’; y el latín farcire, ‘apretar’, ‘rellenar’; ictus—del latín ictus, ‘golpe’, ‘herida’—; o enfermo —del latín in, ‘no’; y el latín firm-, ‘firme’, ‘fuerte’.

Si tenemos en cuenta que una persona promedio puede formar periodos sintácticos complejos en una lengua extranjera con apenas 300 palabras, y que en total, puede manejarse con soltura con unas 1500, parece evidente que el léxico grecolatino vinculado a la Medicina es, sin duda, vastísimo. Si hablamos del número de palabras utilizadas en nuestra lengua materna, de forma activa utilizamos unas 20 000, y de forma pasiva —es decir, palabras que conocemos pero no usamos— en torno a 40 000.

El proceso de romanización

Desde que los romanos pusieran fin a la hegemonía cartaginesa en la Península Ibéricaa finales del siglo III a.C, en el territorio conocido por los romanos como Hispania —etimológicamente hablando, “tierra de conejos”— se llevó a cabo el proceso propio de romanización, cuyo legado perdura hasta la actualidad. Durante los casi ocho siglos bajo las órdenes de Roma, se produjeron importantes avances en materia política, económica, social y cultural; así pues, el Derecho Romano, la religión —desde el politeísmo romano hasta el cristianismo—, y el latín, son la herencia directa que nos dejaron los romanos —dejando a un lado, con permiso, los importantes avances en la red de comunicaciones así como en las obras públicas—.

El acueducto de Segovia, una de las obras de arquitectura civil romana más importantes de la península ibérica.

Si tenemos en cuenta que el Derecho Romano sienta las bases del Derecho Civil actual, que la mayoría de la población en nuestro país (y en países del Mediterráneo Europeo, exceptuando a Grecia) profesa el catolicismo, y que el castellano (lengua romance que deriva del latín) cuenta con más de 500 millones de hablantes y es la segunda lengua materna por número de hablantes, podemos afirmar, sin duda, que la influencia romana está más presente que nunca. No obstante, y como curiosidad, los romanos ya tenían un concepto aproximado de quiénes eran los hispanos. Tanto es así que existía un proverbio que decía lo siguiente: «Beati hispani quibus vivere bibere est», que traducido literalmente sería: «dichosos los hispanos, para quienes vivir es beber». En realidad, hacía alusión a que nuestros antepasados no distinguían el sonido [b] y [v].

Como vemos, el proceso de romanización en la Península sentó las bases de nuestra cultura, puesto que no sólo heredamos una religión o un idioma, sino que también avanzamos en los aspectos culturales y pragmáticos—herencia del alfabeto latino, construcción de puentes, acueductos, calzadas, etc.—. Pero también hemos de reconocer la importancia de la cultura helena en nuestros días. El concepto de democracia, el desarrollo de la Filosofía, la importancia del alfabeto griego en el alfabeto latino, el griego como lengua principal en el Imperio Bizantino y como la lengua de cultura en el Imperio Romano convierten a Grecia en el más importante punto de partida de nuestra sociedad; además, el griego, junto al chino, es la única lengua que desde hace más de 3.000 años tiene una importancia significativa sobre una comunidad. La cultura helena es, sin duda, la que sienta las bases de la civilización occidental a través de la cultura, el arte y el pensamiento.

Para quienes, una vez demostrados los beneficios del conocimiento de las lenguas clásicas, sigan propagando esa opinión —ya generalizada— acerca de la inutilidad de dicho estudio, solo me queda recordarles una frase de Séneca en su obra Sobre la vida feliz:

Vulgus veritatis pessimus interpres («el pueblo es un pésimo intérprete de la verdad»).

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