Decía Francisco Rodríguez Adrados, miembro de número de la Real Academia Española, que las lenguas clásicas «constituyen un importante bagaje cultural para la enseñanza y la cultura del país… No sólo no desaparecen como asignaturas, sino que mantienen una vigencia total», en relación con la dura situación a la que se enfrentaban los profesores de Latín y Griego tras la publicación de la anterior ley educativa. No obstante, la situación con la LOMCE no solo no ha mejorado, sino que además ha empeorado, puesto que la situación del griego queda a disposición «de la oferta de los centros docentes» (según el BOE de la LOMCE).

«Europa sin Grecia es como un niño sin certificado de nacimiento».

Ahora bien, si asumiéramos por un momento que la situación de las lenguas clásicas en la Educación Secundaria y Bachillerato se corresponde con su importancia, deberíamos atender a la importancia de estas en la asignatura de inglés. En primer lugar, porque el 65% del léxico inglés procede del latín —ya sea por vía directa o a través del francés—; y en segundo lugar, porque en la lengua de Shakespeare hay estructuras sintácticas calcadas del latín, como ocurre en las oraciones subordinadas de infinitivo. Por lo tanto, ante las recientes intentonas de implantar el inglés como lengua vehicular, deberíamos asegurarnos de que las lenguas clásicas sean la base para aprender cualquier idioma y, sobre todo, para que el conocimiento de la lengua española sea mejor del que es.

Y no nos engañemos; la mala situación de España en los diferentes informes sobre educación se debe, en parte, a la carencia de vocabulario y al desconocimiento de las humanidades. Por eso España está por debajo de la media en comprensión lectora —según PISA—. Por eso los adultos españoles son los peores —solo superados por Italia—en comprensión lectora de la OCDE. Ahora bien, si la actual ley educativa se implantó para paliar los malos resultados en los informes internacionales —tal y como aseguró el exministro Wert— y resulta que esta no le otorga a las lenguas clásicas un papel primordial, ¿en qué demonios estaban pensando cuando redactaron esa ley orgánica? ¿Quién se encarga de decidir cuál es el papel que le corresponde a los estudios clásicos?

«Si quiere estudiar filología clásica por placer, se lo pagará usted» (en catalán, «si vol estudiar filologia clàssica per plaer, s’ho pagarà vostè»).

Quien pronunció estas palabras no fue otro que Boi Ruiz, quien fuera consejero de Salud de la Generalidad de Cataluña durante el gobierno de Artur Mas. No nos detendremos ni en el significado de sus palabras ni en la procedencia de estas, puesto que llegados a este punto todos sabemos qué es lo prioritario y qué es lo irrelevante para algunos. Si bien es cierto que Filología Clásica es la carrera de humanidades donde más aumenta la tasa de afiliación, la rama de Artes y Humanidades representa solo el 10% de los estudiantes matriculados en estudios de grado, frente al 46,6% que representa la rama de Ciencias Sociales y Jurídicas.

En definitiva, la situación de los estudios clásicos —y de las humanidades, en última instancia— en nuestro sistema educativo se ha visto afectada por la torpeza y el desconocimiento de los políticos, que son quienes han elaborado las últimas leyes educativas y han dejado de lado a la comunidad educativa, incluyendo al profesorado. Y seguirán dejando las asignaturas de Cultura Clásica, Griego y Filosofía como optativas; seguirán dejando clases de Latín desangeladas; seguirán suprimiendo cursos de Griego por falta de alumnos; seguirán los pasos de Francia, que también ha obviado el peso del latín y el griego en la educación. Ante tales adversidades, «solo» nos queda el refugio del conocimiento de la Antigüedad, y este nos remite a lo siguiente:

«Inhumanitas omni aetate molesta est».

(La inhumanidad es desagradable en cualquier época. Catón el Mayor: de la vejez. Lelio: de la amistad, de Marco Tulio Cicerón)

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