Hay palabras cuyo origen nos remite a un nombre propio, independientemente de si este designa a una persona o a un lugar. A este nombre propio al que nos remite se lo llama epónimo, y es el que ‘presta’ el nombre a una ciudad, una enfermedad, un objeto o una unidad cualquiera. Por ahora, solamente diremos que Quevedo o Alejandro Magno son epónimos, aunque es preciso no confundirlos con los arcontes epónimos de las épocas arcaica y clásica de Grecia —por más que tengan una clara relación semántica que explicaremos a continuación—.

En griego clásico encontramos el término ἐπώνυμος, formado a partir del prefijo ἐπί ‘sobre’ y el sustantivo όνομα ‘nombre’ —del que ώνυμος es variante, como vemos en otros términos como homónimo, sinónimo o acrónimo—. De este modo, el epónimo es, stricto sensu, un ‘sobrenombre’. De ahí que el arconte epónimo, como se mencionaba líneas atrás y sin entrar en detalles precisos, fuera el magistrado que daba nombre al año en Grecia. Hoy en día son múltiples los ejemplos en los que se infiere el epónimo a partir de la palabra, aunque otros tantos son algo opacos y no queda tan clara la procedencia del término.

Por poner algunos ejemplos, Alejandro Magno es el epónimo de la ciudad de Alejandría, del mismo modo que Quevedo lo es a los quevedos —cierto tipo de gafas con forma circular que utilizaba el autor— y Américo Vespucio lo es al continente americano. En otros casos resulta difícil, sin recurrir a la etimología, deducir el nombre propio que ha dado lugar al término. Verbigracia, el alzhéimer —nombre otorgado en homenaje a su ‘descubridor’, el neurólogo Alois Alzheimer—, el término palacio —llamado así por el palatium, la residencia de Octavio Augusto en el monte Palatino, cuyo nombre procede de la diosa Pales— o el sustantivo academia — del gr. Ακαδήμεια ‘escuela fundada por Platón situada cerca de los jardines de Academos en la ciudad de Atenas’— son algunos nombres lexicalizados cuyo origen no se deduce fácilmente.

También la formación de diferentes denominaciones a partir de epónimos se puede llevar a cabo al margen de la lexicalización. Para ello, generalmente, se recurre a la estructura sustantivo genérico + prep. de + nombre propio, como en teorema de Pitágoras, talón de Aquiles o ley de Murphy. También podemos encontrar la omisión de la preposición, puesto que encontramos otras locuciones nominales como premio Nobel, cóctel molotov o motor diésel —referidos, respectivamente, a Alfred Bernhard Nobel, Viacheslav Mólotov y Rudolf Diesel. En definitiva, los epónimos son los nombres propios que designan una realidad —y no la realidad designada—, de tal modo que Américo Vespucio es el epónimo de América y no al revés, así como también lo es Nicolas Chauvin al chovinismo. Por lo general, la acuñación de los términos se hace en forma de homenaje a la persona que lo inventó o descubrió; de este modo, las palabras sirven como reconocimiento, como un instrumento que garantiza la pervivencia de un personaje, aunque como hemos visto, en ocasiones tal presencia no queda tan clara, y para ello debemos servirnos de su etimología.

Obras consultadas:

Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española, Nueva gramática de la lengua española. Morfología y sintaxis. Madrid: Espasa, 2009.

Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española, Diccionario de la lengua española. Madrid: Espasa, 2014.

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