A menudo se alude al latín como una lengua muerta, propia del pasado. Afirmar que una lengua como el latín pereció junto con la caída del imperio es, cuando menos, arriesgado. Porque si no lo hizo en ese momento, ¿cuándo lo hizo? ¿Qué importancia tuvo el latín en la Edad Media? ¿Realmente murió el latín con la aparición de las lenguas romances?

Antes de responder a estas preguntas es necesario delimitar si la lengua latina fue un ente homogéneo, o si por el contrario existió una variante del latín que no solo dio lugar a las lenguas romances, sino que, además, «acabó» con el latín. Según afirma Jozsef Herman (1997:11), «en torno al segundo tercio del siglo XIX y a partir de la comparación de las lenguas románicas y del estudio de los textos tardíos, se configuró la noción de una variante del latín diferente del latín clásico». Esta variante no es otra que lo que se conoce por latín vulgar, una variante lingüística que influyó tanto en la fonética como en el vocabulario. Por este motivo, podemos mencionar varios ejemplos que corroboran la existencia de una variante vulgar —que distaba de la lengua escrita y era hablada por lo que hoy denominaríamos ‘clase media y baja’—: los términos ignis ‘fuego’, loquor ‘hablar’ y pulcher ‘bello’ solo aparecen en las lenguas romances como cultismos —ígneo, elocuente o pulcro— pero no como palabras patrimoniales, pues fueron sustituidas por otros términos con significado similar. De este modo, ignis fue sustituido por focus ‘hogar’, ‘fogón’, y así se aprecia en francés feu, en italiano fuoco o en rumano foc. Lo mismo ocurre con el verbo loquor, que fue sustituido por dos verbos con significados similares: parabolare —de donde viene parler en fr. y en it. parlare— y fabulari, de donde proceden falar, en port. y hablar en castellano. Con la sustitución de pulcher ocurre lo mismo, puesto que, tanto en francés como en italiano o castellano encontramos palabras patrimoniales que derivan del adjetivo bellus, bella, bellum.

Parece evidente, por tanto, que el legado latino en las lenguas romances es el pilar fundamental de estas, y despreciarlo supondría omitir y relegar a un segundo plano la historia de los pueblos que, con su habla cotidiana, originaron variedades dialectales que conformaron las lenguas romances. No obstante, parece que este hecho es tan solo una de tantas muertes que ha tenido el latín. Wilfried Stroh (2012: 358) asegura que el latín tuvo nada más y nada menos que cinco muertes. La primera de ellas la encontraríamos en el primer siglo de nuestra era, puesto que en ese momento, en propias palabras del autor, «la lengua se petrificó y se convirtió en un idioma sin evolución». Las invasiones bárbaras propiciarían la segunda muerte del latín, pues es a partir de entonces cuando, gracias al latín vulgar, surgen las lenguas romances. No será hasta la época de Carlomagno cuando se restablezca el latín —en beneficio de la Iglesia— y se convierta en una lengua hablada y estudiada por personas cultas; de esta manera, el latín no volvería a ser lengua materna de nadie, pues el público que lo hablaba lo hacía como segunda lengua. No obstante, gracias a ello el latín tuvo gran presencia en la literatura medieval.

Una tercera muerte llegaría a finales de la Edad Media, cuando el latín perdió «su fuerza de composición poética y retórica». Según asegura el filólogo alemán, por aquel entonces comienzan las referencias al latín como lengua muerta —siglo XVI—. Una cuarta muerte de la lengua latina vendría provocada por el auge de los nacionalismos en el siglo XVIII, lo que supuso un alejamiento del latín del ámbito de la ciencia y la literatura en favor de otras lenguas modernas, como el francés o el inglés. Por último, la muerte más reciente del latín tuvo lugar en el siglo XX, puesto que, en palabras de Stroh, «quienes arrojaron a Alemania a dos guerras mundiales tenían sin duda sus buenas razones para desconfiar del poder de una lengua que unía a los pueblos, una lengua que, desde Carlomagno, había logrado mantener su propia nación de eruditos» (ibid.).

Como hemos podido comprobar, las muertes de la lengua latina no han hecho sino reforzar su conocimiento y legado. Damos por hecho que, cualquier interesado en las lenguas romances o semirromances —como el inglés— sabrá ensalzar el conocimiento del latín para conocer la gramática de estas lenguas, pues es donde mayor presencia tiene el influjo latino. Hablar de lengua muerta es, sin duda, un acto arriesgado, más aún cuando conserva su estatus de lengua oficial en el Estado del Vaticano. Pero, sin recurrir a lo estrictamente oficial o político y atendiendo a lo lingüístico, es una necedad afirmar, sin haber leído a César, Cicerón o Séneca, que el latín es una lengua muerta. Quizás quienes lo hagan, consciente o inconscientemente, lo hagan gracias al latín. Y es en este punto donde el conocimiento del latín se vuelve importante no solo para conocer nuestros orígenes como civilización, sino también para hablar correctamente y dominar nuestra lengua materna.

Bibliografía:

Stroh, W. (2012). El latín ha muerto. ¡Viva el latín! Barcelona: Ediciones del Subsuelo.

Herman, J. (1997). El latín vulgar. Barcelona: Ariel.

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