«Cuando se trata de apreciar el potencial de la facultad lingüística del ser humano como fuente de conocimiento, visión y sabiduría, la nomenclatura tradicional —lengua, dialecto, sabir o creol, pidgin, patois, vernacular, koiné o lingo, etc.— deja de ser relevante, porque cualquier sistema de habla, con independencia de que la sociedad lo perciba como prestigioso o humilde, educado o ignorante, agradable o feo, es capaz de decirnos algo que no sabíamos antes» (Crystal, 2001, p. 67).

No hay mejor manera de encabezar un artículo que retomando las palabras de David Crystal en La muerte de las lenguas, una obra de necesaria lectura para comprender cuáles son los desafíos a los que se enfrentan los lingüistas cuando las lenguas —sin detenernos en si estas son dialectos o no— se encuentran en peligro de extinción. Es evidente que hay una serie de motivos que propician la desaparición de las lenguas, de ahí que en la actualidad el 96 % de la población mundial hable el 4 % de las lenguas. Por consiguiente, se antoja necesario defender a ese 96 % de las lenguas que son habladas por el 4 % de la población. Hay sobrados argumentos para hacerlo; las lenguas —o en otros términos, los sistemas de habla— son depositarias de la historia de cada pueblo, lo que permite, por una parte, conocer el pasado de este; por otra parte, se erigen como medios de expresión cultural, por cuanto cualquier lengua está ligada a los conceptos de diversidad e identidad. En suma, el conocimiento humano es el resultado de la suma de un gran crisol de culturas cuyo medio de expresión es su propia lengua.

Ahora bien, hoy en día parece haber conceptos «desgastados» acerca de lo que es una lengua o idioma. Este último término merece ser señalado por lo que su etimología nos dice acerca de él. Según Joan Corominas (1987), el término procede del sustantivo griego ἰδίωμα, cuyo significado es ‘carácter propio de alguien’ o ‘particularidad de estilo’, derivado a su vez del sustantivo ἴδιος  ‘propio’ o ‘peculiar’ —de donde procede, por cierto, el término idiota, que es aquella persona que solo mira por su bien, y no por el bien público—. Así las cosas, parece existir un tráfico de idiomas que no hace sino legitimar ciertas posiciones de unas lenguas sobre otras, como está claro. Es impensable que unos padres manden a su hijo al Valle de Arán a conocer el aranés —variedad del occitano— o a Irlanda a aprender gaélico. Sin embargo, interesadamente se «vende» el mantra de conocer idiomas, cuando en realidad debería hablarse de aprender LOS idiomas, con artículo determinado. Véanse, por ejemplo, las florecientes guarderías donde se ofrecen clases de chino a niños de dos años. Parece una broma, pero no lo es. Cada cual, como resulta evidente, es libre de aprender un idioma para darle el uso que crea oportuno y necesario —si puede tener otro que sea el de comunicarse de forma efectiva con otra persona— pero lo que parece claro es que se desestiman muchas opciones cuando hablamos de aprender idiomas.

La deriva que toma la enseñanza de idiomas a menudo está incentivada por la «titulitis» aguda que sufren ciertos sectores de la sociedad, sobre todo aquellos que viven de acumular certificados de idiomas para dar cuenta de ello en el currículum. No hablemos, pues, de aprender idiomas. Hablemos de sacar un título, hablemos de pagar un dineral por decir que conocemos un idioma, o directamente, digamos que nos importan un carajo las lenguas joisanas, porque al fin y al cabo, no hará falta comunicarse con un «pobre» bosquimano para hacer negocios. Inglés y tirando. Y chino, que ahora dicen que es la lengua del futuro, como si los hablantes de húngaro, euskera, náhuatl o guaraní no tuvieran tal futuro. Y así nos luce el pelo; que un español desconozca el italiano, o viceversa, y que entre estos tengan que comunicarse en inglés es, cuando menos, una cuestión de desconocimiento. En mi opinión, no es necesario llegar hasta el punto de hartazgo al que llegó Finlandia cuando decidió publicar sus boletines oficiales en latín ante la insistencia de Alemania para que también los publicaran en alemán. Pero, desde luego, hay que diferenciar entre el aprendizaje de una lengua —según Crystal, dos tercios de la cultura de un pueblo está relacionada con la lengua— y el mero hecho de aprobar un «examen de idiomas», teniendo en cuenta, claro está, la dificultad de éstos en según qué niveles. Pero esto último excede lo lingüístico, está al margen de lo que es un sistema de habla. Hay una clara posibilidad de que, dentro de cien años, hablemos una única lengua, así como de que a lo largo de este siglo se pierda la mitad de las que se hablan en la actualidad. La situación es peligrosa; fomentar el estudio de una lengua por cuestiones económicas o porque tenga miles de millones de hablantes —como si pudiéramos hablar con todos y cada uno de esos hablantes— es una necedad que convierte a las lenguas en un instrumento al servicio de quienes pueden mandar a sus «cachorritos» a sacarse el Advanced al extranjero, mientras otras lenguas perecen cuando lo hacen sus últimos hablantes.

«La lengua es el arte más inmenso e integrador que conocemos, un trabajo anónimo y descomunal de generaciones anónimas» (Edward Sapir, 1921; apud Crystal, 2001).

Referencias bibliográficas:

Corominas, J. (1992). Breve diccionario etimológico de la lengua castellana. Madrid: Gredos.

Crystal, D. (2001). La muerte de las lenguas. Madrid: Cambridge University Press.

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