Notarios, más que policías —matiza el bibliotecario—. Lo que allí hacemos, en lo posible, es registrar el uso que los hablantes dan a nuestra lengua, orientándolos con el Diccionario, la Ortografía y la Gramática, sobre los vicios que la afean… Pero, en última instancia, el dueño de un idioma es el pueblo que lo usa. (Hombres buenos, de Arturo Pérez-Reverte).

Hace unos meses, en una conferencia de José Antonio Pascual en la Universidad Carlos III, aproveché para preguntar acerca de la polémica surgida con la definición de sexo débil que recoge el Diccionario de la Lengua Española (DLE). Amablemente, el académico me contestó que ya estaban tratando ese asunto y que añadirían una marca de uso en la versión digital. Además, insistió en el hecho de que habría que ponerse de acuerdo en si el uso de sexo débil era despectivo o irónico —opción que parece no barajarse cuando sale a relucir este asunto—, por lo que dio a entender que la labor del lexicógrafo no es fácil en absoluto. Y, por lo que leo y veo, la Real Academia debe, además, dar respuesta inmediata y satisfactoria a todo aquel que exija cambios, por más que estos estén injustificados desde el punto de vista lingüístico.

Un buen ejemplo lo vimos en una noticia en la que el gremio de panaderos protestaba por el refrán «pan con pan, comida de tontos» ante la sede de la RAE en Madrid. Como si tal institución fuera dueña de las palabras que profieren a diario casi 500 millones de personas. Pero lo más curioso es el hecho de exigir cambios, como si el mero hecho de eliminar una acepción o un refrán —en este caso, el refranero español no queda recogido en el Diccionario, para más inri— hiciera que los hablantes de una lengua olvidaran tales voces.

Otra más: una campaña le exige a la RAE que cambie la definición de madre, puesto que una de sus acepciones define a la madre como ‘mujer o animal hembra que ha parido a otro ser de su misma especie’. Según esta (patrocinada) campaña, la definición que habría que darle sería la siguiente: ‘mujer única, luchadora, cariñosa, entregada, fuerte, que cuida de ti a lo largo de tu vida’. Cabría preguntarse si, con esta definición, los niños huérfanos se sienten representados, o si aquellos cuyas madres no han sido cariñosos con ellos están de acuerdo. Tampoco entremos a discutir si hay madres incapaces de cuidar a sus hijos —insisto en que todas estas ideas están contenidas en la definición complementaria a la del DLE—.

La siguiente tiene aún más tiempo: se exige a la RAE cambiar la cuarta acepción de la entrada del término Gitano, na porque la cuarta acepción lo define como ‘trapacero’. Este hecho propició que se añadiera una marca en el diccionario que especifica que su uso es discriminatorio. Aun así, este hecho, para bien o para mal, no cambiará la realidad de unos hablantes que seguirán diciendo que «fulanito es un gitano» para remarcar que se sirve de ciertas tretas o engaños para conseguir algo.

Llegados a este punto, y habiendo expuesto estos tres ejemplos, cabría señalar ciertas cosas. La primera y más importante de todas corresponde a la labor de la Real Academia. El hecho de haber digitalizado el DLE supone muchísimas ventajas si este se utiliza bien; ahora bien, el no saber utilizar una herramienta como esta es tan peligroso como ventajoso, por cuanto se puede interpretar desde una óptica que escapa de lo lingüístico. Los argumentos favorables a la eliminación de la expresión sexo débil insistían en que quien no supiera utilizar tal expresión, recurriría al Diccionario y vería que esta se refiere a las mujeres, por lo que esto induciría a error. En efecto, así sería si la función de los diccionarios fuera esa: la de ofrecer ayudas sobre cómo utilizar las palabras. Sin embargo, hay otra herramienta muchísimo más útil para saber cómo utilizar ciertas expresiones: los corpus. Ahí está contenida la información que alguien necesita cuando duda sobre cómo utilizar una palabra o expresión en un determinado contexto.

La segunda cuestión que cabría señalar se infiere a partir de la primera; esto es, se demanda a la Real Academia que cambie ciertas cosas de sus obras, pero no se hace lo mismo con otras obras —quién sabe si a propósito o por desconocimiento—. El ejemplo más evidente procede, precisamente, de la expresión sexo débil, que también tiene cabida en el Diccionario de uso del español de María Moliner. La ventaja con la que cuenta este diccionario es clara: no es accesible a través de un clic —como ocurre con el de la RAE—. Para consultarlo legalmente hay que comprarlo, y ese es un esfuerzo enorme para aquellos que minusvaloran —o ignoran— la labor de los lingüistas. Lo mejor es que sea facilita y al pie: un clic, una definición que no me gusta y una demanda: que se quite eso de inmediato porque (me) molesta.

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Definición de «sexo débil» en el DUE.

Por consiguiente, a modo de conclusión sería pertinente dejar de otorgarle cualidades que una institución como la RAE no tiene. Esta institución se limita a dar cuenta de las voces que proferimos, de cómo podemos escribirlas y de cuál es la gramática de nuestra lengua. También registra, en los corpus, millones de formas procedentes de novelas, transcripciones, discursos o guiones de cine. Por tanto, deberíamos concebir a la Academia como un notario que da cuenta de lo que se dice en nuestra lengua. También se debería dejar de exigir que se cambien o se eliminen ciertas cosas de un diccionario. En lo que se debería pensar no es en eliminar una acepción o expresión de un diccionario. Se debería pensar, por el contrario, qué hemos hecho los hablantes para que esa expresión haya llegado hasta ahí. 

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