Una palabrota es una palabra grosera, baja, soez. Su propia morfología —en la que se puede advertir un infijo, –ot— ofrece algunas pistas de que, en efecto, las voces que se censuran como palabrotas no son palabritas ni palabrillas: son palabras mayores. Esto propicia la formación de circunloquios y de palabras que pueden resultar aún más indignas que las propias palabrotas. Todo el mundo conoce a alguien que, en lugar de decir gilipollas dice gilipichis, como si esta última gozara de mayor nivel. Lo mismo se puede asegurar de cabrito con respecto a cabrón, o de mariquita con respecto a maricón. Es lo que Camilo José Cela definía como «ñoñería y pudibundez española».

La lectura de estas palabras, per se, resulta chocante. ¿Se imaginan que tales palabras se hayan podido ver, alguna vez en la historia de la humanidad, plasmadas en obras literarias? No hace falta dar rienda suelta a la imaginación. El poeta romano Catulo, en su Carmen XVI, comienza los versos de la siguiente manera:

Paedicabo ego et vos irrumabo, 

Aureli pathice et cinaede Furi […]

El barniz de la lengua latina —es decir, el no entender ni la mitad de las palabras— puede camuflar la sarta de barbaridades que un poeta de la fama de Catulo está profiriendo en tales versos. Una traducción aproximada sería la siguiente: «Os voy a dar por el culo y me la vais a chupar, Aurelio, mamapollas y Furio, maricón». La traducción parece que no es necesaria en esta poesía de Quevedo llamada «Desengaño de las mujeres»:

Puto es el hombre que de putas fía,
y puto el que sus gustos apetece;
puto es el estipendio que se ofrece
en pago de su puta compañía.

Puto es el gusto, y puta la alegría
que el rato putaril nos encarece;
y yo diré que es puto a quien parece
que no sois puta vos, señora mía.

Mas llámenme a mí puto enamorado,
si al cabo para puta no os dejare;
y como puto muera yo quemado

si de otras tales putas me pagare,
porque las putas graves son costosas,
y las putillas viles, afrentosas.

A pesar de que en la literatura podemos encontrar buenos ejemplos que respalden el uso de tales —y, en algunos casos, sabias— palabras, lo cierto es que el contexto y el registro en que se utilicen resultan fundamentales. Desde un punto de vista pragmático, resultaría descortés saludar a alguien con un «Buenos días, desgraciado/a», además de romper con el principio de cooperación y dar a entender que lo que menos se pretende es conversar. Cualquier persona mínimamente educada es capaz de entender este hecho y, sobre todo, de no proferir dichos enunciados en según qué contextos.

Sin embargo, también resulta censurable la prohibición de estas palabras. Cualquier vocablo que forme parte del caudal léxico de nuestra lengua encierra una historia detrás, forjada por unos hablantes que, antaño, también utilizaban dicha voz —o una similar—. Si alguien considera que el hecho de decir gilipichis, jopetas o córcholis, en lugar de gilipollas, joder y coño o cojones, le confiere un halo culto y refinado, habrá que advertirle a dicha persona que tales ínfulas responden a la necedad antes que a la elegancia y el decoro. Si se quieren esquivar tales palabrotas, al menos que sea de forma elaborada, como lo hacía Miguel de Cervantes: «¿No adviertes, angustiado de ti, y malaventurado de mí, que si veen que tú eres un grosero villano o un mentecato gracioso, pensarán que yo soy algún echacuervos o algún caballero de mohatra?» (Segunda parte, capítulo XXXI). Y si se quieren y requieren otros ilustres ejemplos, este de Camilo José Cela sobre la inclusión de la palabra coño en el Diccionario de la lengua española puede ser útil:

«[El Diccionario de la Academia] ignora por ejemplo, la voz “coño” y no registra ningún cultismo que designe el concepto a que se refiere la palabra proscrita, con lo que se da el despropósito de que el aparato reproductor externo de la mujer no tiene nombre oficial en castellano». (Preámbulo de Diccionario secreto).

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