τί δέ τις; τί δ’ οὔ τις; σκιᾶς ὄναρ ἄνθρωπος.

(«¿Qué es cada uno? ¿Qué no es? El hombre es el sueño de una sombra»)

(Píndaro, Pítica VIII).

Siempre me he preguntado para qué sirve realmente lo que estudio. Esa amalgama de disciplinas que consideramos humanísticas es la base de lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos. De eso no cabe duda alguna. Sin embargo, explicar qué son las humanidades requiere unas palabras precisas que, hasta el momento, no he podido encontrar. Tan solo he podido entender su utilidad a través de sensaciones, de momentos en que las humanidades me han servido como un analgésico para paliar el daño que nos inflige la realidad. Algo que ocurre, por norma general, mucho más de lo que solemos pensar.

Cualquier persona ha podido experimentar alguna vez lo que es sentirse extraño en un lugar. Hay lugares muy transitados que, sin embargo, carecen de humanidad. Y así lo refleja nuestra lengua cuando nos referimos, verbigracia, a «situaciones inhumanas», «condiciones infrahumanas» o a «tratos deshumanizados». De tales usos se infiere que, consciente o inconscientemente, somos capaces de entender qué es lo propio de los humanos y qué no lo es —y, por lo general, esto último conlleva una evidente carga negativa—. Y precisamente son las ciencias humanas las que nos permiten discernir qué es genuinamente humano. En un mundo como este, en el que la tecnología parece hipotecar nuestro futuro, se necesitan —y necesitarán— personas capaces de recordarnos cuándo no estamos actuando humanamente.

Cabe la posibilidad de que solo seamos capaces de entender para qué sirven las humanidades a través de situaciones típicamente inhumanas. En nuestro día a día recurrimos constantemente a medicinas que nos sitúan en una realidad paradójicamente más humana que la realidad misma. Una novela o una serie amenizan el trayecto al trabajo en el tren, de igual modo que un paseo por la ciudad se vive de otra manera si de fondo escuchamos el Canon de Pachelbel. Al final, se trata de transitar por un paisaje adusto de la mejor forma posible. Nos sentimos, por tanto, como seres arrojados al mundo. Un mundo que deshumanizamos con nuestras actitudes y del que humanamente nos refugiamos con las herramientas que nos hemos dado.

Los estudios humanísticos permiten asumir esta paradoja y, a su vez, otorgan una base indispensable a la hora de afrontar la realidad. Las humanidades son ese amor veinteañero que te enseñó a amar, y a partir del cual puedes entender futuras relaciones. Es, a grandes rasgos, el molde, el patrón o la base que nos permite calibrar cuáles son, verdaderamente, las cualidades humanas. Por este motivo recurrimos a los refugios: cuando dejamos de percibir lo humano, enseguida queremos volver a ello. Las humanidades son, por así decirlo, una patria común. Estudiar cualquier ciencia humana permite entender cómo es realmente dicha patria: sus símbolos, sus instituciones o su sociedad. Renegar de ello es declararse abiertamente un apátrida. Gracias a las humanidades he podido conocer dónde está Ítaca y cuáles son los lugares —y las personas— más alejados de ella.

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