Una persona a la que admiro me dijo una vez que la mediocridad es contagiosa. Y no le faltaba razón, pues vivimos en un mundo en el que lo perfunctorio prevalece sobre lo riguroso. No me andaré con circunloquios ni con retórica vacía: hoy en día se premia la osadía de la ignorancia antes que el esfuerzo y el rendimiento académico. ¿Se imaginan un país que premiara a un estudiante mediocre, de esos que aparecen por la universidad el día del examen final, y le denegara tales ayudas a quien asiste asiduamente y se esfuerza por buscar los mejores resultados? No hace falta irse muy lejos, como ya advertirán.

Esa mediocridad a la que me refería —y de la que está prohibido hablar, previa censura de los aludidos por tal término— se fomenta desde las altas esferas. Censurar y denunciar el vicio no me convierte en virtuoso. Sin embargo, no dejo de preguntarme lo siguiente: ¿cuál debe ser el compromiso de un estudiante al que le prometen una paga anual sin tener que ir, ni tan siquiera, a dos clases durante todo el curso? ¡Con lo bien que se está en casa sin tener que calentar las incómodas sillas de la universidad! Hasta donde sé, las ayudas para estudiar —hablo de las que ofrece el Ministerio de Educación— se rigen por dos criterios: rendimiento académico y renta. Cuanto mayor sea el primero y menor el segundo, tanto más se recibirá de ayuda. Pues bien, resulta evidente que hay casos en los que un rendimiento académico alto se equipara con una renta que sobrepasa un umbral determinado. Habrá quien piense: «quien pueda pagárselo no necesita ayuda». No matizaré esta cuestión porque considero que, en materia de conocimientos, lo económico no interfiere, aunque pueda ayudar. Conozco de primera mano casos de estudiantes brillantes que no pueden acceder a estas ayudas, como también sé de ciertos —y ciertas— ignorantes que, sin saber escribir más que su nombre, reciben toda clase de ayudas económicas para su deleite y regocijo, ajeno, como resulta evidente, a cualquier ámbito relacionado con el conocimiento. Imagino que esto también forma parte de la manida excelencia que predican ciertas universidades públicas, conseguida a costa de convertir en migajas lo que antaño se consideraba la vanguardia de una sociedad.

Al escribir estas líneas me acuerdo de los —y las, que aquí el desdoblamiento tampoco se me olvida— del 6,5, la «paguita» (sic) y el botellón en el campus. San Cemento y tal. De los y las que viven de la sopa boba, de chapotear y rebozarse en el fango para rascar unas décimas en los departamentos, de medrar y compadrear en delegaciones de estudiantes, de ser parásitos —y parásitas— de quienes realmente son la vanguardia, la futura élite de un país que fomenta y hace brotar a sus mayores enemigos: la ignorancia y la vagancia. Por supuesto, también guardo unas palabras de agradecimiento para quienes, con su española picaresca, aplican aquella máxima de «hecha la ley, hecha la trampa». ¿O acaso piensan que no hay autónomos que ocultan parte de sus ingresos para acceder a las ayudas para estudiar? (Con esto no quiero decir que todos lo sean, ni mucho menos. Pero lo aclaro por la tendencia a la sinécdoque por parte de ciertos sectores). En esta tierra de rufianes todo vale para salvarse el culo y joder al prójimo.

Un refrán muy español dice que «de aquellos polvos vienen estos lodos». Llegará el día en que se vuelvan a pedir explicaciones a los estudiantes cuando aparezca, de nuevo, que ninguna universidad española está entre las 100 mejores del mundo —según esas listas que solo interesan cuando salen en los periódicos—. ¿Qué querían, que se quedaran aquí los que de verdad sobresalen, cuando los están echando a patadas de las aulas para favorecer a los que ni aparecen por estas? Para aquel entonces los proscritos, desde otros lugares, dirán que las explicaciones del tal fracaso se las pidan a los becados y becadas, al sursuncorda y a su puta madre.

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